Normandie
jueves, 7 de julio de 2016
jueves, 28 de abril de 2016
El poder físico de las palabras
(Homenaje a Edgar Allan Poe)
Agathos. Y
mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre
el poder físico de las palabras? Cada palabra, ¿no es un impulso en el
aire?
Edgar Allan Poe
El poder de las palabras
La
niña me mira con recelo mientras le sonrío. Apoya su carita en la cadera de su
madre, para sentirla, para avisarme: estoy protegida, no te acerques. Pasan los
minutos sin consciencia y de nuevo estoy desplazándome en el metro, de pie,
sujetándome casi de puntillas a una barra horizontal paralela a la dirección de
las vías que me guían.
Próxima
estación: Retiro
Yo también era una niña y me llevaban mis padres agarrada.
No te sueltes, me decían, que en el metro te puedes perder y alguien podría
llevarte y nunca más volveríamos a vernos. Entonces apretaba mi manita dentro
de la manopla para no soltarme de esa mano que me aseguraba tranquilidad y
alejaba mis miedos. Todos los años íbamos a la Feria del Libro y volvía a casa
con mi cuento como premio.
Hoy voy sola. Mi mano busca aferrarse a la seguridad de un
brazo protector pero se contenta agarrando con fuerza la llave que llevo en el
bolsillo. Camino por el Paseo de coches,
las casetas aún están cerradas. Representan el Olimpo, nubes blancas que
guardan a los dioses que aún duermen. Miro hacia el cielo, el día es frío,
nuboso y gris. El silencio pasea por la calle entre las casetas, a mi lado.
Otros caminantes se van acercando, como yo, despacio, sigilosos. Busco un
número y, cuando lo encuentro, oigo como un leve rumor justo cuando extiendo la
llave que aprieto entre mis dedos y la introduzco en la cerradura. Como la mía,
otras muchas casetas se desperezan y van abriendo sus ojos y enseñando su
interior. Las palabras se escapan en tumulto y se inicia una corriente de aire
que deviene al poco en vendaval cuando se reúnen con las que juguetean al otro
lado de la calle. Comienzan a hacer círculos creando una impetuosa tempestad que
se congrega sobre el espacio de las casetas, allí donde antes solo habitaba el
silencio. Me tiendo sobre los libros para evitar que se alejen volando
impulsados por el temporal. Mi cabello se sacude por efecto del viento y me
siento mareada. Mi estómago se da la vuelta dentro de mi cuerpo, siento que no
lo puedo sujetar.
Entonces escucho una voz dulce y cariñosa que me dice:
─Señora, ¿me firma el libro?
Levanto la vista y enfrente, empinándose para llegar, hay
una pequeña que me tiende un cuento. Un rayo de sol ilumina la caseta y el
mundo de las palabras renace de nuevo un año más.
Madrid en Feria VVAA
Playa de Ákaba
Madrid en Feria VVAA
Playa de Ákaba
domingo, 27 de marzo de 2016
La herencia
Valeria
era la menor de las dos hijas de un matrimonio de clase media de un barrio de
las afueras de Madrid. Su padre, administrativo por las mañanas en una empresa
de construcción, dedicaba las tardes a llevar las cuentas de varias comunidades
de vecinos, para sacarse un sobresueldo que les permitiera llevar a las chicas
a una escuela de pago, además de ir amortizando los plazos de la hipoteca de la
casa que se compraron cuando se casaron. De costumbres tradicionales, con gran preocupación
por cumplir con la religión y la tradición, los padres de Valeria llevaban una
vida triste y aburrida. La rutina se sucedía de lunes a sábado y continuaba
tras un no menos monótono domingo en que, si bien cambiaba la actividad porque
salían a la Misa de las doce, esta se repetía domingo tras domingo. La madre de
Valeria tenía un carácter débil y asustadizo, lo achacaba al miedo que pasó
cuando era niña, durante los años de la guerra. Cerraba cada noche la casa con
dos cerrojos y una cadena con un candado, para que no les sorprendieran
durmiendo si entraban a robarles. Tenía obsesión por la limpieza, si al subir
de jugar en la calle encontraba la mínima sombra de una mancha en la falda o en
el jersey de Valeria, no tardaba en llevarla a la habitación para cambiarle la
ropa. Y así cada día, al volver de la escuela no podían quedarse a jugar sin
antes haber subido a lavarse y cambiar sus ropas con olor a lápiz y tiza por un
nuevo hato preparado en la silla de la habitación, sobre el que debían ponerse
un mandilón mientras estaban en casa para no mancharse con las migas del
bocadillo de la merienda.
Los padres de Valeria ya tenían
pensado el futuro de sus dos hijas: Ana, la mayor, responsable, seria y
acomodadiza, sería maestra, enseñaría y cuidaría de los hijos de los demás
hasta que encontrara un marido y tuviera que encargarse de los suyos propios. A
Valeria, al ser la menor de las dos, le esperaba una vida muy distinta: sería
enfermera cuando acabara los estudios. Una enfermera es la mejor elección para
quien tendrá que ocuparse de cuidar a los padres cuando ya ancianos no puedan
valerse por sí mismos. Pero Valeria había heredado el nombre y el carácter de
su abuela paterna, una mujerona fuerte y valiente que había conseguido sacar
adelante a sus once hijos a pesar de haberse quedado viuda desde muy joven. Su
hijo mayor, el padre de Valeria, había adoptado siendo casi un niño la figura
del padre perdido y con ello un carácter represivo e intolerante con los que él
supuestamente protegía. La abuela Valeria ya no estaba con ellos, se fue de
este mundo hacía apenas un mes, y se llevó con ella la alegría de la nieta
Valeria, que solo tenía ocho años. Ella le había enseñado a contar cuentos, a
hacer las albóndigas más redondas que jamás volvió a ver, a reír, a jugar a las
cartas, a coser vainicas y, sobretodo, a dibujar. Y eso era lo que quería hacer
Valeria: pintar, ser pintora de retratos, de paisajes, reflejar en un papel un
mundo colorido y alegre, lleno de manchas y de matices. Ahora que ya no estaba
la abuela, ya no podía ir a refugiarse a su casa para pasar la tarde, escuchar
sus cuentos y poder pintarlos con tizas en el papel de estraza gris de envolver
la fruta. Se escondía en su habitación que compartía con su hermana cuando no
estaba ella, para que no se lo chivara a su padre. Ya lo había hecho antes: Ana
la envidiaba por ser tan alegre, tan espontanea, por tener esas manos y esa
capacidad de representar escenas maravillosas en una hoja de papel. No podía
contar con ella.
Una tarde, al volver de la escuela
encontró sentado a un joven en el parque. Había colocado un caballete y pintaba
los árboles con pinceles de distintos tamaños y una maravillosa paleta llena de
colores. Se sentó a su lado a mirar cómo mezclaba los colores como obtenía
diversos tonos de verde con azul, amarillo y blanco, como capa tras capa,
convertía las manchas de pintura en un precioso jardín con unos niños jugando
en un lado. Al pintor le hizo gracia ver el interés de la niña por su pintura y
le dejó que fuera ella quien mezclara los colores. Cuando empezó a ponerse el
sol, recogió sus trastos y le regaló un pincel. Valeria corrió a casa y entró
corriendo a su habitación para esconderlo bajo el colchón de su cama, se lavó y
se cambió de ropa para que no se notara que se había retrasado al volver de la
escuela. Cuando salió a poner la mesa para cenar, vio que su padre estaba
hablando con alguien en la salita. Le preguntó a su madre, pero esta esquivó la
pregunta y le mandó a poner la mesa para cenar, que ya era tarde.
Salió
su padre seguido de su hermano menor, ambos muy serios. Se miraron entre si y
miraron al resto de la familia que ya estaban sentadas a las mesa. El tío les
contó que la abuela apenas había dejado nada, pero habían encontrado, al
recoger los enseres de la casa, un paquete en el que aparecía escrito: «Para
entregar a mi nieta Valeria, cuando yo ya no esté». Y se lo alargó a Valeria.
Aturdida y asustada, no sabía qué hacer, pero su padre le animó a que los
abriera, las últimas voluntades son sagradas, dijo muy serio. Valeria quitó el
papel de envolver y descubrió, con lágrimas en los ojos, cuadernos de pintura y
una caja de madera con pinceles y pinturas de todos los colores además de una
carta cerrada en la que estaba escrito con letra torpe: «Para mi querido hijo
mayor». La abrió y leyó en voz alta: «Querido hijo, creciste antes de tiempo
perdiendo tu niñez y tu juventud al faltar tu padre. Sé, aunque nunca lo
dijiste, que siempre te gustó el teatro. Nunca tuvimos dinero para gastar en
una entrada. Por eso le pedí a tu hermano que te comprara, con lo poco que pude
ahorrar de la pensión, dos entradas para butacas de patio en el Teatro de la Comedia.
Cómprale un bonito vestido a tu mujer y divertíos un poco, una noche al menos,
que la vida es muy corta. Dale a mi nieta Ana mi peineta y mi chal, que siempre
le gustó y manda a la pequeña Valeria a clase de dibujo porque ha nacido con
arte y eso es un don que se lo da Dios a quien quiere. No le contradigas. Tu
madre que siempre te ha querido. Valeria.»
martes, 15 de marzo de 2016
La mujerzuela de Veracruz
Todos se les quedaron mirando y llevaron la mano a la
empuñadura de la espada en un movimiento automático cuando entraron en
la cantina. La vestimenta que llevaban los extranjeros no era la que
estaba al uso en aquellos días entre los bucaneros. Pero los recién
llegados ni se inmutaron, continuaron hacia la barra y pidieron, con
marcado acento inglés, que les sirvieran ron. Tras ese momento, las
conversaciones bajaron el tono y miradas furtivas les acecharon desde
todas las mesas.
─¿Está preparado ya el galeón? ─dijo el más fornido y posiblemente el de más edad de los dos.
─Esperando el amanecer ─contestó el más joven.
Dieron ambos un trago mientras veían bajar por la escalera a un hombre con el torso descubierto, fuerte y bien parecido, rodeado de mujerzuelas con las ropas descolocadas. Bastó una mirada hacia la barra para que se soltará de un empujón de sus acompañantes y dando un salto cogiera una espada que había pillado cerca de dónde se encontraba y se acercara hacia donde bebían los extranjeros:
─Vaya, vaya, Henry y Francis ¿qué hacen dos corsarios ingleses en Veracruz?
El silencio se apropió de la cantina, las mujeres corrieron al piso de arriba. Solo lo rompió el sonido de los cristales de una botella de ron al golpear la cabeza del más joven de los extranjeros, para que se iniciara la pelea. No todos eran lo que parecían, de algunas mesas llegaron más corsarios ingleses que habían permanecido ocultos bajos sus capas y sombreros. Henry no dudó en desenvainar y enfrentarse al pirata español. Francis se recuperó cuando le iba a llegar un segundo botellazo que logró esquivar, empuñó la espada y con un corte en la pierna del atacante le hizo caer, lo que basto para que le hundiera la espada en el pecho. Mientras, Henry se empeñaba en su lucha con el español.
Fue entonces cuando se escuchó el primer cañonazo. Todos se quedaron inmóviles, con las espadas en guardia, escuchando, sorprendidos. Henry rompió el silencio.
─Veracruz ha sido tomada para la corona británica, rendíos, no tenéis nada que hacer.
Un segundo cañonazo y temblaron las paredes de la cantina. Saltaron esquirlas por doquier y vieron cómo uno de los muros caía y les permitía distinguir a un galeón fondeado en el muelle dirigiendo sus cañones hacia la ciudad. No se percataron de que mientras miraban al galeón, una de las mujerzuelas que se había refugiado tras la barra de la cantina se había hecho con una espada y se la había clavado al gran Henry por la espalda, ni siquiera le había dado tiempo a Francis a reaccionar. Fue el español, caído su adversario, quien lanzó un espadazo contra él y de un tajo le dejó malherido.
Ninguno de los allí presentes fue consciente de que una mujer de mala vida impidió a los corsarios ingleses que conquistaran Veracruz.
─¿Está preparado ya el galeón? ─dijo el más fornido y posiblemente el de más edad de los dos.
─Esperando el amanecer ─contestó el más joven.
Dieron ambos un trago mientras veían bajar por la escalera a un hombre con el torso descubierto, fuerte y bien parecido, rodeado de mujerzuelas con las ropas descolocadas. Bastó una mirada hacia la barra para que se soltará de un empujón de sus acompañantes y dando un salto cogiera una espada que había pillado cerca de dónde se encontraba y se acercara hacia donde bebían los extranjeros:
─Vaya, vaya, Henry y Francis ¿qué hacen dos corsarios ingleses en Veracruz?
El silencio se apropió de la cantina, las mujeres corrieron al piso de arriba. Solo lo rompió el sonido de los cristales de una botella de ron al golpear la cabeza del más joven de los extranjeros, para que se iniciara la pelea. No todos eran lo que parecían, de algunas mesas llegaron más corsarios ingleses que habían permanecido ocultos bajos sus capas y sombreros. Henry no dudó en desenvainar y enfrentarse al pirata español. Francis se recuperó cuando le iba a llegar un segundo botellazo que logró esquivar, empuñó la espada y con un corte en la pierna del atacante le hizo caer, lo que basto para que le hundiera la espada en el pecho. Mientras, Henry se empeñaba en su lucha con el español.
Fue entonces cuando se escuchó el primer cañonazo. Todos se quedaron inmóviles, con las espadas en guardia, escuchando, sorprendidos. Henry rompió el silencio.
─Veracruz ha sido tomada para la corona británica, rendíos, no tenéis nada que hacer.
Un segundo cañonazo y temblaron las paredes de la cantina. Saltaron esquirlas por doquier y vieron cómo uno de los muros caía y les permitía distinguir a un galeón fondeado en el muelle dirigiendo sus cañones hacia la ciudad. No se percataron de que mientras miraban al galeón, una de las mujerzuelas que se había refugiado tras la barra de la cantina se había hecho con una espada y se la había clavado al gran Henry por la espalda, ni siquiera le había dado tiempo a Francis a reaccionar. Fue el español, caído su adversario, quien lanzó un espadazo contra él y de un tajo le dejó malherido.
Ninguno de los allí presentes fue consciente de que una mujer de mala vida impidió a los corsarios ingleses que conquistaran Veracruz.
domingo, 28 de febrero de 2016
La madre
No duerme. Cuando se acerca la noche y se oscurece la ventana, su
mente busca el sentido de lo que le traerá el día cuando despierte. Pero está
soñando, o tal vez no. Dentro de la oscuridad se le revela el secreto de sus
deseos, de la búsqueda real, del trote descontrolado. Bocetos de imágenes parciales
e inconexas, determinados por la bruma, entre las sábanas. Cuando el insomnio
se aleja, comienza la mañana.
Antes
de saborear el café obligado, busca las letras que componen el día. Abre el costurero,
escoge los hilos de colores y comienza a bordar versos que la representen, que
vayan por delante de ella iluminando el camino, para llegar a donde le lleva la
vida. Se deja caer en el serijo, agotada, mientras rebusca entre los alfileres
que escaparon de la caja que los guardaba y ahora hieren sus sentidos. Su mano
se aparta, dolorida. Añora las horas de la placidez oscura, del descanso
buscado, del silencio tras los cortinajes que ocultan la ciudad.
Es el momento en que cree oír un llanto desconsolado. Su pecho
se llena del néctar de la vida.
En su garganta se inicia una nana dulce que apenas roza sus
labios.
Sus
ojos inundados le impiden ver, ¿dónde está?, estaba cerca pero no le ve. Se
frota con la manga para limpiar la mirada pero solo consigue extender una
mancha negra por los párpados. Escuecen los ojos.
Escucha
con atención. Ya no oye nada.
Ahora la mirada le devuelve la realidad que ocultaban las
lágrimas: una cuna vacía.
Todos los alfileres se han clavado en sus pechos, en su vientre.
Tumbada en el suelo, duerme.
Gime, llora, calla, grita. Le despierta un grito. Su grito.
Se levanta dolorida y
deja caer su mirada a través de la ventana cuatro pisos hasta chocar con el
asfalto. No siente el golpe, no siente nada. La medicación corre por sus venas
cambiando su entorno, diluyendo en su camino lo que queda de ella.
Su mente desarmada y
sus extremidades amoratadas por las cinchas la mantienen recluida. Todo está
oscuro. Pero ella sabe que todo es blanco: la cama, las sábanas, los muebles,
las vendas…
Oye una luz que le apacigua. Sigue un túnel que la impulsa a
correr, esperanzada.
Vuela.
Un celador con guantes azules recoge las sábanas y las echa en
un cubo, dentro de una bolsa de plástico azul.
Otro celador retira la cama.
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